Ceremonia (el futuro empezó ayer)

El Tablón, Sololá, Guatemala. 

Y yo me voy a buscar a Gilberto, un amigo y guía espiritual maya que vive en una comunidad en tierra fría, en las montañas de Guatemala. Comenzamos a subir y él renguea porque se rompió los ligamentos jugando al fútbol con sus primos… Subimos una hora, yo llego como puedo, estoy gordo… El altar es un círculo de tierra y pasto en medio de la montaña, con cuatro cruces de piedra que marcan los puntos cardinales. Sobre ellas dejaron flores de cuatro colores. Gil empieza a armar el fuego y me pregunta para qué quiero hacer la ceremonia. Yo le cuento lo que ha sido mi año. Le digo que necesito fuerzas para terminar de dar el paso que voy dando adentro mío. Gil enciende el fuego y me pide que me arrodille. Me golpea con una rama mojada, me echa alcohol. Yo permanezco con los ojos cerrados. Siento el fuego que va creciendo y abro los ojos. Gil habla con el fuego en kaqchikel y el fuego se mueve de una manera bella y extraña. 

La ceremonia dura unas tres horas en las que Gil me dice: 

“Hay responsabilidades, no culpables. Si buscamos culpables nos quedamos atados”. 

“Desear demasiado es malo, desear demasiado poco también”. 

“Con tu padre estás complicando las cosas, son simples. Cero rencor”. 

“La obra debe meditarse más para ser fuente de sabiduría”.  

“No sos culpable. El fuego lo vuelve a decir”. 

“Tenés que agradecerles a las emociones que vinieron. No las habías dejado expresarse. La angustia, el dolor, el miedo vinieron a enseñarte. Volvieron para que sepas cuando estás bien y cuando no. Para que puedas reconocer cuando estás triste, cuando estás feliz. Antes, todo se mezclaba. Tenés que agradecerles y decirles que tenés que seguir tu camino”.

En un momento de la ceremonia, con los ojos cerrados, recuerdo las estrellas que vimos con Clara en la Patagonia.  

Y Gil me dice: “De una estrella venimos y hacia una estrella vamos. Tenés que saber cual es”. 

Cuando terminamos la ceremonia le pregunto a Gil si puedo despedirme del altar. Al llegar a la cruz rodeada de flores blancas, le digo o rezo:  

Flor blanca. Estrella de vida y de muerte. Gracias por enseñarme a saber que el tiempo pasa por nosotros. Gracias, vida/muerte, porque enseñás cómo vivir, como morir, como recorrer este viaje y ver como lo recorren las personas que amamos. Hoy pensé en mi madre y el paso del tiempo por ella. En parte, esto hubiera sido imposible sin la experiencia. Ser humildes. Flor blanca, sos la estrella de donde vengo y a donde voy.